González. Pero...

Manuel. Es inútil, todo inútil... Nadie dirá que yo he provocado el conflicto. Desde mi entrada en el Ministerio, usted sabe a costa de cuántos sacrificios, mi permanencia en él ha sido para mí una serie de abdicaciones; he podido aceptarlas mientras sólo se trataba de mis convicciones particulares, hasta de mis afectos; pero ahora, no; ahora se trata de mis compromisos con la opinión, con el país...; pretender esta nueva abdicación, es tanto como renegar de toda mi historia política; de mi significación en el partido; de mi personalidad; de mi conciencia..., y a eso no puedo llegar, porque sería tanto como negarme a mí mismo.

González. Pero, querido amigo, piense usted la situación, el conflicto...

Manuel. No es culpa mía... Se desoyeron mis advertencias; se desdeñaron mis concesiones... Yo no soy un hombre de partido...; para mí, antes que los hombres están las ideas.

González. Por eso mismo debe usted transigir con las personas, sin perjuicio de seguir con sus ideas.

Manuel. Es inútil. Mi resolución es irrevocable.

Escena II

Dichos y Hernández

Hernández. ¡Ah!, ya sabía yo que estaba usted en casa... El criado se empeñaba en negarme la entrada, querido González...

González. Amigo Hernández... ¿Viene usted como yo... a convencer a nuestro ilustre amigo?...