Emilia. ¡Cuánto me alegro!... Por supuesto, nunca ocurre nada... ¿Cuándo ha estado todo como ahora?... Eso es lo que molesta... Hasta los cambios han bajado...
Manuel. Ya sabes más que yo... Y dices que no lees los periódicos...
Emilia. No; lo sé por mi modisto... Me ha enviado un encargo de París, y al pagarle... Le he pagado yo... ¿Qué dices?... No dirás que pido créditos extraordinarios[24.3]... Yo, yo..., sí, señor; de los presupuestos ordinarios...
Manuel. Así me gusta.
Emilia. ¡Oh, soy una gran ministra de Hacienda!... No tendrás queja de mí... ¡Sostener mis gastos de representación sin acudir al capítulo de imprevistos!... Y tú no sabes lo que eso cuesta... Me llaman elegante y distinguida en todos los periódicos..., los ministeriales y los de oposición.
Manuel. Los cronistas de salones son siempre ministeriales. El gobierno de las mujeres es muy tiránico y no consiente la menor oposición.
Emilia. O muy liberal y no las motiva... ¡Qué poco galante!
Manuel. Y sepamos, ¿qué maravilla es ésa que ha llegado de París?
Emilia. ¡Oh! Ya verás... Es un poema..., un sueño... ¡Un vestido ideal! Una obra de arte... Los hombres no saben apreciar esas delicadezas... Si acaso, el conjunto...; pero los detalles...
Manuel. Es que uno de los detalles suele ser la factura.