Emilia. El desistir de tu dimisión.
Manuel. Sí..., por un vestido... ¡Tendría que ver![31.1]
Emilia. Por el vestido no, por mí... ¿No valgo yo ese sacrificio..., que no lo[31.2] es..., porque tú serás el primero en alegrarte como todos tus amigos?
Manuel. Mis amigos sí..., ¡y cómo se reirían!
Emilia. ¡Sí que[31.3] ellos no habrán hecho cosas más graves por cosas de menor importancia!
Manuel. ¿De menos importancia que el capricho de lucir el vestido?
Emilia. El de lucir ellos alguna banda o algún discurso preparado. Todo, satisfacción de la vanidad...; pero a los hombres os parece[31.4] que vuestras vanidades son más trascendentales... Después de todo, ¿por qué te empeñas en dimitir? Por vanidad.
Manuel. ¡Dignidad!
Emilia. ¡Vanidad! Porque dijiste una cosa y no quieres decir otra...; la vanidad de sostener tu carácter..., y por ella comprometes a tus amigos, expones pones al Gobierno a una crisis desagradable..., de mal efecto...; pasarás por[31.5] orgulloso, por testarudo..., por no saber amoldarte a las circunstancias... Ese defecto lo has tenido siempre...; te lo dicen los periódicos todos los días...
Manuel. ¿No quedamos en que no los leías?