Emilia. Alguna vez...; y cuando esa vez da la casualidad..., es que te lo dirán todos los días... «La terquedad del señor ministro..., su inflexibilidad... El señor ministro confunde la tozudez con el carácter...» Tienen mucha razón, y eso que no te ven en casa...

Manuel. ¡Emilia! Me desagrada oírte...

Emilia. La verdad desagrada siempre... Pero no me dirás que tú solo vas a tener más razón que todo el Ministerio... Y aunque la tuvieras...; entre personas educadas se cede...; ellos cederán otras veces... Vas a ponerte en ridículo... Te habrá aconsejado tu amigote Pepe..., porque tú eres así...: mucho carácter, y luego te dejas llevar de cualquiera, del que te aconseja con peor intención... Porque Pepe[32.1] lo que está deseando es que dejes de ser ministro; te tiene mucha envidia.

Manuel. ¿Pero qué tiene que ver Pepe, ni qué me aconseja?...

Emilia. No digas[32.2]..., siempre, para todo... Hasta cuando pusimos el comedor y tu despacho... tuvo que ser como él dijo..., una cursilería..., el comedor modernista, que parece un café de provincia, y tu despacho, en cambio, que parece una funeraria... Como lo de llevarte a su sastre, que no sabe vestirte... La otra noche me fijé en el baile de la Embajada: nadie lleva el chaleco de frac en forma de corazón, como el que te han hecho..., ni las vueltas de raso..., y esos chalecos de fantasía que llevas son ridículos, y ya verás cómo la toman[32.3] contigo en las caricaturas...

Manuel. ¡Emilia! ¡Emilia! Que mis nervios están en tensión y ya no respondo.

Emilia. No te faltaba más que yo pagase tus disgustos políticos. Como la política me ha dado tantas satisfacciones...: sacrificios, molestias... Por ti he perdido las relaciones con mis mejores amigas..., y en cambio tengo que tratar a mucha gente que me desagrada..., a quien yo no distingo..., que no debía de tratar..., y así en todo..., siempre sacrificada... El verano pasado sin tomar las aguas por no dejarte solo en Madrid, porque tú no podías salir con las dichosas Cortes..., y estas Navidades sin poder ir a ver a mamá con los dichosos proyectos, y para una satisfacción que podía una tener una vez..., para un capricho que tiene una..., como si fuera un crimen..., ya es una... una intrigante, ya exige una demasiado, ya compromete una su carrera política, su dignidad..., ¡qué sé yo!... No te faltaba más que decir que yo te pongo en ridículo, como la de Ruiz Gómez a su marido...; pero me lo dirás..., me lo dirás...

Manuel. ¡Emilia, Emilia!...

Emilia. No, si ahora soy quien desea que presentes la dimisión... ahora mismo, ahora mismo...; pero no vuelvas a hablarme de política ni de carteras... Nos iremos a vivir a un pueblo, donde siquiera tenga[33.1] tranquilidad..., lo único que yo he deseado siempre..., una casita en un pueblo con sus gallinas y sus palomas..., eso, eso..., y nada de este infierno, de estas intrigas... Todo antes que verte así..., todo antes de que quieras pagar conmigo porque los demás te disgustan...

Manuel. Esto es peor que veinte discursos de oposición... Me voy al Congreso..., al Senado..., todo es preferible... El gabán... El sombrero...