Hostelero. No es menester. Yo le perdono gustoso. (A los criados.) ¿Qué hacéis ahí parados? Disponed los aposentos donde suele parar el embajador de Mantua y preparad comida para este caballero.

Crispín. Dejad que yo les advierta de todo, que cometerán mil torpezas y pagaré yo luego, que mi señor, como veis, no perdona falta... Soy con vosotros,[46.1] muchachos... Y tened cuenta a quien servís, que la mayor fortuna o la mayor desdicha os entró por las puertas. (Entran los criados y Crispín en la hostería.)

Hostelero. (A Leandro.) ¿Y podéis decirme vuestro nombre, de dónde venís y a qué propósito?...

Leandro. (Al ver salir a Crispín de la hostería.) Mi criado os lo dirá... Y aprended a no importunarme con preguntas... (Entra en la hostería.)

Crispín. ¡Buena la hicisteis![46.2] ¿Atreverse a preguntar a mi señor? Si os importa tenerle una hora siquiera en vuestra casa, no volváis a dirigirle la palabra.

Hostelero. Sabed que hay Ordenanzas[46.3] muy severas que así lo disponen.

Crispín. ¡Veníos[46.4] con Ordenanzas a mi señor! ¡Callad, callad, que no sabéis a quién tenéis en vuestra casa, y si lo supierais no diríais tantas impertinencias!

Hostelero. ¿Pero no he de saber siquiera...?

Crispín. ¡Voto a..., que llamaré a mi señor y él os dirá lo que conviene, si no lo entendisteis! ¡Cuidad de que nada le falte y atendedle con vuestros cinco sentidos, que bien puede pesaros! ¿No sabéis conocer a las personas? ¿No visteis ya quién es mi señor? ¿Qué replicáis? ¡Vamos ya! (Entra en la hostería empujando al Hostelero.)

Escena III