Crispín. ¿Pensáis que nuestro bagaje es hatillo de soldado o de estudiante para traerlo a mano, ni que mi señor ha de traer aquí ocho carros, que tras nosotros vienen, ni que aquí ha de parar sino el tiempo preciso que conviene al secreto de los servicios que en esta ciudad le están encomendados?...

Leandro. ¿No callarás? ¿Qué secreto ha de haber contigo? ¡Pues voto a... que si alguien me descubre por tu hablar sin medida...! (Le amenaza y le pega con la espada.)

Crispín. ¡Valedme, que[45.1] me matará! (Corriendo.)

Hostelero. (Interponiéndose entre Leandro y Crispín.) ¡Teneos, señor!

Leandro. Dejad que le castigue, que no hay falta para mí como el hablar sin tino.

Hostelero. ¡No le castiguéis, señor!

Leandro. ¡Dejadme, dejadme, que no aprenderá nunca! (Al ir a pegar a Crispín, éste se esconde detrás del Hostelero, quien recibe los golpes.)

Crispín. (Quejándose.)¡Ay, ay, ay!

Hostelero. ¡Ay, digo yo, que me dio de plano!

Leandro. (A Crispín.) Ve a lo que[45.2] diste lugar; a que este infeliz fuera el golpeado. ¡Pídele perdón!