Sirena. ¡Morir me estaría mejor! ¿Y todos te dijeron lo mismo?
Colombina. Uno por uno y como lo oísteis... El sastre, que no os enviará el vestido mientras no le paguéis todo lo adeudado.
Sirena. ¡El insolente! ¡El salteador de caminos! ¡Cuando es él quien me debe todo su crédito en esta ciudad, que hasta emplearlo yo[56.1] en el atavío de mi persona no supo lo que era vestir damas!
Colombina. Y los cocineros y los músicos y los criados todos dijeron lo mismo; que no servirán esta noche en la fiesta si no les pagáis por adelantado.
Sirena. ¡Los sayones! ¡Los foragidos! ¡Cuándo se vio tanta insolencia en gente nacida para servirnos! ¿Es que ya no se paga más que con dinero? ¿Es que ya sólo se estima el dinero en el mundo? ¡Triste de[56.2] la que se ve como yo, sin el amparo de un marido, ni de parientes, ni de allegados masculinos!... Que una mujer sola nada vale en el mundo por noble y virtuosa que sea. ¡Oh, tiempos de perdición! ¡Tiempos del Apocalipsis! ¡El Anticristo debe ser llegado![56.3]
Colombina. Nunca os vi tan apocada. Os desconozco. De mayores apuros supisteis salir adelante.
Sirena. Eran otros tiempos, Colombina. Contaba yo entonces con mi juventud y con mi belleza como poderosos aliados. Príncipes y grandes señores rendíanse a mis plantas.
Colombina. En cambio, no sería[56.4] tanta vuestra experiencia y conocimiento del mundo como ahora. Y en cuanto a vuestra belleza, nunca estuvo tan en su punto, podéis creerlo.
Sirena. ¡Deja lisonjas! ¡Cuándo me vería yo de este modo si fuera la doña Sirena de mis veinte![56.5]
Colombina. ¿Años queréis decir?