Sirena. ¿Pues qué pensaste? ¡Y qué diré de ti, que aun no los cumpliste y no sabes aprovecharlo! ¡Nunca lo creyera[57.1] cuando al verme tan sola de criada te adopté por sobrina! Si en vez de malograr tu juventud enamorándote de ese Arlequín, ese poeta que nada puede ofrecerte sino versos y músicas, supieras emplearte mejor, no nos veríamos en tan triste caso.
Colombina. ¿Qué queréis? Aun soy demasiado joven para resignarme a ser amada y no corresponder. Y si he de adiestrarme en hacer padecer por mi amor, necesito saber antes cómo se padece cuando se ama. Yo sabré desquitarme. Aun no cumplí los veinte años. No me creáis con tan poco juicio que piense en casarme con Arlequín.
Sirena. No me fío de ti, que eres muy caprichosa y siempre te dejaste llevar de la fantasía. Pero pensemos en lo que ahora importa. ¿Qué haremos en tan gran apuro? No tardarán en acudir mis convidados, todos personas de calidad y de importancia, y entre ellas el señor Polichinela con su esposa y su hija, que por muchas razones me importan más que todos. Ya sabes cómo frecuentan esta casa algunos caballeros nobilísimos, pero, como yo, harto deslucidos en su nobleza por falta de dinero. Para cualquiera de ellos, la hija del señor Polichinela, con su riquísima dote y el gran caudal que ha de heredar a la muerte de su padre, puede ser un partido muy ventajoso. Muchos son los que la pretenden. En favor de todos ellos interpongo yo mi buena amistad con el señor Polichinela y su esposa. Cualquiera que sea el favorecido, yo sé que ha de corresponder con largueza a mis buenos oficios, que de todos me hice firmar una obligación para asegurarme. Ya no me quedan otros medios que estas mediaciones para reponer en algo mi patrimonio; si de camino algún rico comerciante o mercader se prendara de ti..., ¿quién sabe?..., aun podía ser esta casa lo que fue en otro tiempo. Pero si esta noche la insolencia de esa gente trasciende, si no puedo ofrecer la fiesta... ¡No quiero pensarlo!..., ¡que será mi ruina!
Colombina. No paséis cuidado. Con qué agasajarlos no ha de faltar. Y en cuanto a músicos y a criados, el señor Arlequín, que por algo es poeta y para algo está enamorado de mí, sabrá improvisarlo todo. Él conoce a muchos truhanes de buen humor que han de prestarse a todo. Ya veréis, no faltará nada, y vuestros convidados dirán que no asistieron en su vida a tan maravillosa fiesta.
Sirena. ¡Ay, Colombina! Si eso fuera, ¡cuánto ganarías en mi afecto! Corre en busca de tu poeta... No hay que perder tiempo.
Colombina. ¿Mi poeta? Del otro lado de estos jardines pasea, de seguro, aguardando una seña mía...
Sirena. No será bien que asista a vuestra entrevista, que yo no debo rebajarme en solicitar tales favores... A tu cargo lo dejo. ¡Que nada falte para la fiesta, y yo sabré recompensar a todos; que esta estrechez angustiosa de ahora no puede durar siempre... o no sería yo doña Sirena!
Colombina. Todo se compondrá. Id descuidada. (Vase doña Sirena por el pabellón.)
Escena II
Colombina, después Crispín, que sale por la segunda derecha.