Colombina. (Dirigiéndose a la segunda derecha y llamando.) ¡Arlequín! ¡Arlequín! (Al ver salir a Crispín.) ¡No es él!

Crispín. No temáis, hermosa Colombina, amada del más soberano ingenio, que por ser raro poeta en todo, no quiso extremar en sus versos las ponderaciones de vuestra belleza. Si de lo vivo a lo pintado fue siempre diferencia, es toda en esta ocasión ventaja de lo vivo, ¡con ser tal[59.1] la pintura!

Colombina. Y vos, ¿sois también poeta, o sólo cortesano y lisonjero?

Crispín. Soy el mejor amigo de vuestro enamorado Arlequín, aunque sólo de hoy le conozco, pero tales pruebas tuvo de mi amistad en tan corto tiempo. Mi mayor deseo fue el de saludaros, y el señor Arlequín no anduviera[59.2] tan discreto en complacerme a no fiar tanto[59.3] de mi amistad, que sin ella, fuera ponerme a riesgo de amaros sólo con haberme puesto en ocasión de veros.

Colombina. El señor Arlequín fiaba tanto en el amor que le tengo como en la amistad que le tenéis. No pongáis todo el mérito de vuestra parte, que es tan necia presunción perdonar la vida a los hombres como el corazón a las mujeres.

Crispín. Ahora advierto que no sois tan peligrosa al que os ve como al que llega a escucharos.

Colombina. Permitid; pero antes de la fiesta preparada para esta noche he de hablar con el señor Arlequín, y...

Crispín. No es preciso. A eso vine, enviado de su parte y de parte de mi señor, que os besa las manos.

Colombina. ¿Y quién es vuestro señor, si puede saberse?

Crispín. El más noble caballero, el más poderoso... Permitid que por ahora calle su nombre; pronto habéis de conocerle. Mi señor desea saludar a doña Sirena y asistir a su fiesta esta noche.