Sirena. ¡Oh, señor Polichinela! Vuestra hija merece mucho más que un negociante. No hay que pensar en eso. No debéis sacrificar su corazón por ningún interés. ¿Qué dices tú, Silvia?

Polichinela. Ella preferirá algún barbilindo, que, muy a pesar mío, es muy dada a novelas y poesía.

Silvia. Yo haré siempre lo que mi padre ordene, sí a mi madre no le contraría y a mí no me disgusta.

Sirena. Eso es hablar con juicio.

Señora de Polichinela. Tu padre piensa que sólo el dinero vale y se estima en el mundo.

Polichinela. Yo pienso que sin dinero no hay cosa que valga ni se estime en el mundo; que es el precio de todo.

Sirena. ¡No habléis así! ¿Y las virtudes, y el saber, y la nobleza?

Polichinela. Todo tiene su precio, ¿quién lo duda? Nadie mejor que yo lo sabe, que compré mucho de todo eso, y no muy caro.

Sirena. ¡Oh, señor Polichinela! Es humorada vuestra. Bien sabéis que el dinero no es todo, y que si vuestra hija se enamorara de algún noble caballero, no sería bien contrariarla. Yo sé que tenéis un sensible corazón de padre.

Polichinela. Eso sí. Por mi hija sería yo capaz de todo.