Sirena. ¿Hasta de arruinaros?
Polichinela. Eso no sería una prueba de cariño. Antes sería capaz de robar, de asesinar..., de todo.
Sirena. Ya sé que siempre sabríais rehacer vuestra fortuna. Pero la fiesta se anima. Ven conmigo, Silvia. Para danzar téngote destinado un caballero, que habéis[68.1] de ser la más lucida pareja... (Se dirigen todos a la primera derecha. Al ir a salir el señor Polichinela, Crispín, que entra por la segunda derecha, le detiene.)
Escena VII
Crispín y Polichinela
Crispín. ¡Señor Polichinela! Con licencia.
Polichinela. ¿Quién me llama? ¿Qué me queréis?
Crispín. ¿No recordáis de mí? No es extraño. El tiempo todo lo borra, y cuando es algo enojoso lo borrado, no deja ni siquiera el borrón como recuerdo, sino que se apresura a pintar sobre él con alegres colores, esos alegres colores con que ocultáis al mundo vuestras jorobas.[68.2] Señor Polichinela, cuando yo os conocí, apenas las cubrían unos descoloridos andrajos.
Polichinela. ¿Y quién eres tú y dónde pudiste conocerme?
Crispín. Yo era un mozuelo, tú eras ya todo un hombre. Pero ¿has olvidado ya tantas gloriosas hazañas por esos mares,[68.3] tantas victorias ganadas al turco, a que no poco contribuimos con nuestro heroico esfuerzo, unidos los dos al mismo noble remo en la misma gloriosa nave?