Polichinela. ¡Imprudente! ¡Calla o...!
Crispín. O harás conmigo como con tu primer amo en Nápoles y con tu primera mujer en Bolonia, y con aquel mercader judío en Venecia...
Polichinela. ¡Calla! ¿Quién eres tú, que tanto sabes y tanto hablas?
Crispín. Soy... lo que fuiste. Y quien llegará a ser lo que eres..., como tú llegaste. No con tanta violencia como tú, porque los tiempos son otros y ya sólo asesinan los locos y los enamorados y cuatro pobretes que aun asaltan a mano armada al transeúnte por calles obscuras o caminos solitarios. ¡Carne de horca, despreciable!
Polichinela. ¿Y qué quieres de mí? Dinero, ¿no es eso? Ya nos veremos más despacio. No es éste el lugar...
Crispín. No tiembles por tu dinero. Sólo deseo ser tu amigo, tu aliado, como en aquellos tiempos.
Polichinela. ¿Qué puedo hacer por ti?
Crispín. No, ahora soy yo quien va a servirte, quien quiere obligarte con una advertencia... (Haciéndole que mire[69.1] a la primera derecha.) ¿Ves allí a tu hija cómo danza con un joven caballero y cómo sonríe ruborosa al oír sus galanterías? Ese caballero es mi amo.
Polichinela. ¿Tu amo? Será entonces un aventurero, un hombre de fortuna, un bandido como...
Crispín. ¿Como nosotros... vas a decir? No; es más peligroso que nosotros, porque, como ves, su figura es bella, y hay en su mirada un misterio de encanto y en su voz una dulzura que llega al corazón y le conmueve como si contara una historia triste. ¿No es esto bastante para enamorar a cualquier mujer? No dirás que no te he advertido. Corre y separa a tu hija de ese hombre, y no la permitas que baile con él ni que vuelva a escucharle en su vida.