Crispín. ¿Qué tristeza, qué abatimiento es ése? ¡Con mayor alegría pensé hallarte!
Leandro. Hasta ahora no me vi perdido; hasta ahora no me importó menos perderme.[72.1] Huyamos, Crispín; huyamos de esta ciudad antes de que nadie pueda descubrirnos y vengan a saber lo que somos.
Crispín. Si huyéramos, es cuando todos lo sabrían y cuando muchos corrieran hasta detenernos y hacernos volver a nuestro pesar, que no parece bien ausentarnos con tanta descortesía, sin despedirnos de gente tan atenta.
Leandro. No te burles, Crispín, que estoy desesperado.
Crispín. ¡Así eres! Cuando nuestras esperanzas llevan mejor camino.
Leandro. ¿Qué puedo esperar? Quisiste que fingiera un amor, y mal sabré fingirlo.
Crispín. ¿Por qué?
Leandro. Porque amo, amo con toda verdad y con toda mi alma.
Crispín. ¿A Silvia? ¿Y de eso te lamentas?
Leandro. ¡Nunca pensé que pudiera amarse de este modo! ¡Nunca pensé que yo pudiera amar! En mi vida errante por todos los caminos, no fui siquiera el que siempre pasa, sino el que siempre huye, enemiga la tierra, enemigos los hombres, enemiga la luz del sol. La fruta del camino, hurtada, no ofrecida, dejó acaso en mis labios algún sabor de amores, y alguna vez, después de muchos días azarosos, en el descanso de una noche, la serenidad del cielo me hizo soñar con algo que fuera[72.2] en mi vida como aquel cielo de la noche que traía a mi alma el reposo de su serenidad. Y así esta noche en el encanto de la fiesta... me pareció que era un descanso en mi vida... y soñaba... ¡He soñado! Pero mañana será otra vez la huida azarosa, será la Justicia que nos persigue... y no quiero que me halle aquí, donde está ella, donde ella pueda avergonzarse de haberme visto.