Crispín. ¡Bah! ¡Deja locuras! No es posible retroceder. Piensa en la suerte que nos espera si vacilamos en seguir adelante. ¿Que te has enamorado? Ese amor verdadero nos servirá mejor que si fuera fingido. Tal vez de otro modo hubieras querido ir demasiado de prisa; y si la osadía y la insolencia convienen para todo, sólo en amor sienta bien a los hombres algo de timidez. La timidez del hombre hace ser más atrevidas a las mujeres. Y si lo dudas, aquí tienes a la inocente Silvia, que llega con el mayor sigilo y sólo espera para acercarse a ti que[74.1] yo me retire o me esconda.

Leandro. ¿Silvia dices?

Crispín. ¡Chito! ¡Que pudiera espantarse! Y cuando esté a tu lado, mucha discreción..., pocas palabras, pocas... Adora, contempla, admira, y deja que hable por ti el encanto de esta noche azul, propicia a los amores, y esa música que apaga sus sones entre la arboleda y llega como triste de la alegría de la fiesta.

Leandro. No te burles, Crispín; no te burles de este amor que será mi muerte.

Crispín. ¿Por qué he de burlarme? Yo sé bien que no conviene siempre rastrear. Alguna vez hay que volar por el cielo para mejor dominar la tierra. Vuela tú ahora; yo sigo[75.1] arrastrándome. ¡El mundo será nuestro! (Vase por la segunda izquierda.)

Escena Última

Leandro y Silvia, que sale por la primera derecha. Al final, Crispín

Leandro. ¡Silvia!

Silvia. ¿Sois vos? Perdonad; no creí hallaros aquí.

Leandro. Huí de la fiesta. Su alegría me entristece.