Silvia. Es Arlequín que canta... ¿Qué os sucede? ¿Lloráis? ¿Es la música la que os hace llorar? ¿Por qué no decirme[76.1] vuestra tristeza?
Leandro. ¿Mi tristeza? Ya la dice esa canción. Escuchadla.
Silvia. Desde aquí sólo la música se percibe; las palabras se pierden. ¿No la sabéis? Es una canción al silencio de la noche, y se llama El reino de las almas. ¿No la sabéis?
Leandro. Decidla.
Silvia.
La noche amorosa, sobre los amantes
tiende de su cielo el dosel nupcial.
La noche ha prendido sus claros diamantes
en el terciopelo de un cielo estival.
El jardín en sombra no tiene colores,
y es en el misterio de su obscuridad
susurro el follaje, aroma las flores
y amor... un deseo dulce de llorar.
La voz que suspira, y la voz que canta
y la voz que dice palabras de amor,
impiedad parecen en la noche santa
como una blasfemia entre una oración.
¡Alma del silencio, que yo reverencio,
tiene tu silencio la inefable voz
de los que murieron amando en silencio;
de los que callaron muriendo de amor;
de los que en la vida por amarnos mucho
tal vez no supieron su amor expresar!
¿No es la voz acaso que en la noche escucho
y cuando amor dice, dice eternidad?
¡Madre de mi alma! ¿No es luz de tus ojos
la luz de esa estrella
que como una lágrima de amor infinito
en la noche tiembla?
¡Dile a la que hoy amo que yo no amé nunca
más que a ti en la tierra,
y desde que has muerto sólo me ha besado
la luz de esa estrella!
Leandro.
¡Madre de mi alma! Yo no he amado nunca
más que a ti en la tierra,
y desde que has muerto sólo me ha besado
la luz de esa estrella.
(Quedan en silencio, abrazados y mirándose.)
Crispín. (Que aparece por la segunda izquierda. Aparte.)