—Veamos si puedo conseguir que hagáis las paces. Contádmelo todo.
—Yo—habló el deán—encargué a este hombre, que era pintor, cuatro figuras, y él en desprecio de lo más santo y sagrado... pintó lo que le dio la gana. Las tres primeras eran soberbias, ¡pero la cuarta!...
—Señor—interrumpió Molina—efectivamente admití el encargo; los huecos que había que decorar eran cuatro. Lo primero que se me ocurrió fue pintar los cuatro evangelistas, pero ya los había hecho otro en distinto lugar del edificio. Luego pensé cuatro alegorías de la Prudencia, la Justicia, la Fortaleza y la Templanza... También estaban hechas. Me acordé de profetas, de patriarcas, de reyes santos: unos eran más de cuatro, otros menos, otros ya se habían pintado o esculpido. Entonces pinté primero la Fe...
—¿Cómo?—preguntó San Pedro.
—Hermosa, vendada, las vestiduras blancas, en una mano las tablas de la ley, en otra la palma del martirio, y toda ella iluminada por el sol, padre de la vida.
—No estaría mal.
—Luego pinté la Esperanza.
—¿De qué modo?
—En pie sobre la proa de una nave, apoyada en el áncora y fijos los ojos en el cielo. Luego pinté la Caridad.
—¿Cómo la representaste?