—Joven, más fuerte y más hermosa que ninguna, y dando de mamar a un niño de tipo muy distinto al suyo para indicar que no era su hijo, y que no le daba el pecho como madre, sino por ser Virtud.
—En verdad te digo que estuviste acertado.
—Que diga ahora—les interrumpió el deán—cual fue la cuarta figura que hizo.
El artista alzó la frente como quien no se avergüenza y declaró así:
—Pinté el Trabajo: mozo, vigoroso, inteligente, fornido, con el yunque sobre un montón de libros para expresar que el estudio es la base de la fuerza, y coloqué a sus pies, esperando sus obras, la Paz y la Limosna. Entonces ese hombre—añadió señalando a su adversario—se enfureció conmigo.
—Como que esa no es virtud—gritó el eclesiástico—ni siquiera es esa porque es ese.
—Porque es virtud macho—dijo el Santo al deán—tú no puedes comprenderlo. Y vamos a ver, vamos a ver, ¿para dónde eran las pinturas?
—Para la catedral—contestó Molina.
—¿Y allí querías colocar el Trabajo?
—Sí, señor.