«¿Tendrá pasión de ánimo?» decía la doncella.
«Esta chica está mala», pensaba su padre.
Nadie comprendía la causa de aquel cambio.
Ya hablaba don Gaspar de llevársela a París en busca de doctores, cuando una mañana doña Flora entró en su despacho, sin ser llamada, diciéndole de buenas a primeras:
—Ya sé lo que tiene tu hija. Ármate de valor... Quiere meterse monja. Y yo creo que la idea no ha nacido de ella: es cosa de los de ahí al lado.
Don Gaspar, mudo de asombro y de terror, se limitó a decir:
—¡Habla... todo lo que sepas, todo lo que sospeches, no me ocultes nada!
—Pues se reduce a muy poco, pero muy claro. Hace dos meses, una mañana que llovía muchísimo y tú te habías llevado el coche, nos metimos ahí al lado por no ir hasta la catedral. Luego ha vuelto conmigo... como está tan cerca, cuando hace mal tiempo es más cómodo. Después la he visto hablar varias veces con uno de ellos por la verja del jardín: ella dentro, él desde fuera, al pasar, casi sin detenerse.
—¿Y qué trazas tiene?
—Es hombre de buena edad, y ¡con una mirada más inteligente! Para mí, él es quien le ha metido esas ideas en la cabeza. Jamás había Helena hablado hasta ahora de semejante cosa. ¡Si se moría por el teatro y se entusiasmaba con libros y novelas! Además, me ha dicho la doncella, que algunas mañanas ha salido con ella, al primer toque, antes de que yo me levantara, pero que como no hacían más que ir ahí al lado, no creyó que debía decirlo. Nada, que se han apoderado de ella como hicieron con la hija del banquero francés, con Teresita, con Sofía, con la viuda de Parque...