—¡Todas ricas!—murmuró don Gaspar.

—Ella no se atreve a hablar sinceramente, pero está desconocida: se ha hecho seca y arisca; de cuando en cuando suelta unas frases... que revelan un egoísmo... «Las mujeres feas y muy ricas—dice—no pueden ser felices en el mundo; a cada paso un desengaño. No se pierden como las bonitas, pero les hacen creer en el amor, y luego... nada. Ya ves, yo por ejemplo—añadía—¿qué puedo esperar? Una ilusión, engañarme a sabiendas, y luego frialdad, esquivez, cada uno por su lado; él, quien sea, rico, poderoso con lo mío, buscará en otras los encantos que yo no tengo.»—Dice que para las que no son hermosas como ella, solo hay un esposo bueno, el que no engaña; ¡y lo dice con una unción, con un fervor! Otras veces habla de la casa y de nosotros con un despego que da frío.

—Pues ¿qué ha dicho?

—Ayer mismo me dijo: «Si yo faltara pronto me olvidaríais, hasta papá: el cariño no es tan mentira como el amor, pero también es un sentimiento terrenal.»

Flora siguió hablando largo rato, don Gaspar la escuchó sin poder disimular la pena que se le asomó a los ojos, y luego murmuró tristemente:

—¡Veremos!

III

De allí a dos días, mientras Helena y doña Flora fueron a pasar la tarde en casa de unos parientes, don Gaspar recibía en su despacho a un hombre que, llamado por él de antemano, acudió puntualmente a la cita. Era uno de los de al lado, de aquellos que con nombre y calidad extranjera, adquirieron la fábrica donde al caer la tarde se entonaban cánticos tristes en una lengua muerta. Tenía el rostro lampiño, la mirada humilde, la palabra dulzona, el traje entre sacerdotal y profano. Ofreciole asiento don Gaspar, cerró las puertas como en comedia, y luego con forzada tranquilidad, pero sin que se le alterase una línea del semblante, sin asomo de ira, pero con el acento de la más aterradora resolución, le habló de esta manera:

—Usted conoce a mi hija: en ella cifro toda mi dicha; sólo vivo para hacerla feliz. Si la perdiese, si se apartase de mi lado, me costaría la vida... Escúcheme usted bien... Estoy dispuesto a todo. A quien quisiera robarme mi dinero le recibiría a tiros; figúrese usted lo que haré con quien intente separarme de mi hija. Podrá llevársela Dios, que es Señor de todos nosotros; podrá, aunque no es bonita, encontrar un hombre que aprecie lo que ella vale moralmente, y entonces yo les bendeciré y daré gracias a Dios; pero lo que es eso de hacerla ver que es fea, envenenándole la vida para que huya del mundo, arrebatármela como se roba una alhaja... lo que es eso, yo le juro a usted que no será...

Quiso el desconocido interrumpir a don Gaspar, mas no se lo permitió él, y siguió de este modo: