—No ha venido usted a hablar, sino a oír, y empápese usted bien de lo que oiga. Ya sabe usted lo rico que soy; si eso sucediera, todo me lo gastaría en buscarle a usted para matarle. Ahora, usted que ha hecho el mal con sus exhortaciones, ponga con sus consejos el remedio, entendiendo que si en el plazo de dos meses no se le quitan a mi hija de la cabeza esas fantasmagorías, le mato a usted como a lobo sorprendido en redil. Las consecuencias no me asustan. Perdida mi hija, lo mismo me da morir de un modo que de otro. Dos meses de plazo. ¡Usted sólo ha de hablar con ella! Yo no le diré palabra. Puede usted retirarse.
De nuevo quiso contestar el incógnito personaje, pero don Gaspar salió de la estancia, dejándole condenado al más rabioso silencio que imaginarse puede, y plenamente convencido de que era hombre capaz de realizar cuanto decía.
Apenas habían transcurrido dos meses, cuando Helena comenzó a ser lo que era antes.
Como quien tras una pesadilla recobra el sentido de la realidad, se le fue borrando del pensamiento la melancolía; tornó a cuidar de su persona, vigiló el jardín cuyas flores escogía para su cuarto, y por fin, una noche, después de haber estado tocando un rato el piano, por distraer a su padre, se arrojó en sus brazos, deshecha en lágrimas, diciéndole sólo estas palabras:
—¡Perdóname, porque nunca me separaré de ti!
Sin duda, el flexible y tornadizo espíritu de la mujer se plegó a unas amonestaciones como se había sometido antes a otras.
IV
¿Supieron el fracaso del propagandista sus superiores jerárquicos? ¿Le consideraron inútil para desengañar del mundo a herederas de millones? Un día se notó su falta a la hora de la comida, los demás hablaron de él como miembro que se amputa, y luego le rezaron por muerto.
Transcurrieron algunos años, y aquel hombre, vuelto al seno de la humanidad, sintió renacer aspiraciones e ideas que en mal hora consideró por la educación sofocadas y por el fanatismo comprimidas.
En otra región del mundo, en otras tierras, con otro nombre, fénix de sí propio, resucitó en espíritu, amó, fue amado y tuvo un hijo. Aquel hijo creció, haciéndose mozo fuerte y hermoso como el Hérmes de los mitos paganos. Una mujer indigna, engañosa y astuta, tal vez la ramera de que habla la Escritura, quiso apartarle de su padre, mas éste desplegó tal energía y se defendió tan resueltamente que logró romper aquellos lazos.