Así se hallaron frente a frente la personificación de todas las grandezas acumuladas por los tiempos y el representante de una raza que contribuyó a crearla para delicia de otros.
Juan poseído de una pasión que daba espanto, tendió hacia ella los brazos. Luz, al principio sonrió despreciativamente, pero al sentir las manos callosas sobre el pecho, dio voces, lanzó gritos de angustia; y en su auxilio acudieron tres hombres.
III
El primero, que parecía consumido por el estudio, la riqueza y los vicios, dijo a Juan casi medrosamente, acompañando la frase con ademanes oratorios:
—Su amor no se alcanza por fuerza... Puedes llegar a lograrlo, pero no así. ¿Cómo ha de amarte si tus caricias son zarpazos? Adquiere instrucción y cultura. Eres libre... Ejercita los derechos que te permiten igualarte a los que somos preferidos.
El segundo, que vestía ropa negra y talar, le dijo endulzando el desengaño con acento meloso:
—El amor de esa mujer no es para tí. Conténtate con su caridad. Los favoritos de ahora son los dichosos de aquí bajo... Tú serás de los bienaventurados allá arriba. ¡Hay otra vida! ¡Cree, sufre y espera!
El tercero de aquellos hombres, que ceñía espada y llevaba en el traje bordados de oro, le dijo ásperamente:
—Si das un paso más hacia ella te mataré con este arma que tú mismo has forjado.
Juan salió profiriendo amenazas: y Luz quedó al oírle extremecida de pavor, como la ciudad de las rameras ante la voz de los Profetas.