IV
Poco tiempo después una explosión formidable destruyó la soberbia morada. Lienzos en que el genio imitó la Naturaleza, mármoles en que palpitó la vida, páginas preñadas de ciencia y poesía, prodigios del arte y maravillas de la industria... todo fue destruido, y sobre un montón de escombros humeantes quedó Luz aún viva, pero desgarradas las carnes, bañada en su propia sangre, espantosa, mutilada y deforme.
Juan confesó el delito con altanería y se dispuso a purgarlo con valor. ¿Qué le importaba morir? Su crimen fue salvaje, porque lo aconsejaron el deseo frustrado y la razón escarnecida, pero su causa era justa. El delincuente se consagró mártir. Otros tan desdichados como él vendrían detrás. Luz habría de sentarles a su mesa en el banquete de la vida y darles la parte de amor que les correspondiese, o resignarse a perecer.
No se repliega el viento a los senos misteriosos donde nace, ni el agua retrocede a las fuentes en que brota; pero el espíritu está sujeto al atavismo como el cuerpo a la herencia. Juan era hijo del camino.
Fue condenado a muerte, y llegada la hora tremenda, entró con pie firme y ánimo sereno en la capilla; lugar en que, dudosa de sí misma, busca la justicia humana complicidad en la divina.
Allí le esperaban los tres personajes que ampararon a Luz. Uno representaba la ley: otro mandaba la fuerza armada; el tercero le ayudaría a bien morir.
Faltaban pocos minutos para subir las gradas del patíbulo, cuando, por especial permiso de quien podía concederlo, entró en la estancia un hombre con un papel en la mano. Tomolo el sacerdote y pasando por el escrito los ojos, dejó enseguida caer los brazos a lo largo del cuerpo.
—¿Es el indulto?—preguntó Juan, sin miedo ni esperanza.
—No es una carta de tu madre. Te infundirá valor. Toma y lee.
Juan la estrujó contra sus labios en silencio, lloró sobre ella, y devolviéndosela al ministro de Dios, repuso amargamente: