Al caer la tarde, creyendo observar en el estado de la enferma la presentación de síntomas aterradores, llamó por señas a su hermano, llevole lejos de la cama, y mostrándole el pomo, que contenía quince o veinte gramos de un líquido transparente e incoloro, le dijo:
—Voy perdiendo toda esperanza... ya no hay remedio.
—La misericordia de Dios es infinita—repuso Marcelo.
—Escucha—prosiguió Luciano—esto que parece agua, es el alcaloide extraída de una planta del extremo Oriente, que nadie antes que yo ha empleado en medicina: yo mismo lo he preparado... pero la experimentación me ha producido efectos que aún no puedo someter a principios fijos. Cuatro gotas de esto pueden, tal vez, ahora, retrasar la catástrofe; acaso consigamos una reacción, una crisis que devuelva a madre la salud... pero el remedio va a obrar en un organismo muy gastado, sin resistencia ni vigor, y si no tiene fuerzas para soportarlo se muere... es decir, la matamos. En una palabra; esto puede ser la vida y puede ser la muerte; es una probabilidad, no es la certidumbre de salvarla...
Los ojos de ambos estaban nublados de lágrimas.
Ya no había en aquellos dos hombres encono ni aversión: la amenaza de la muerte parecía restaurar en sus corazones la fraternidad que su pensamiento había roto.
—Esperaremos—dijo tímidamente Marcelo al cabo de unos instantes.—Y volvió a arrodillarse en el reclinatorio.
Luciano, dejando sobre la mesa el frasco, se colocó a los pies de la cama y permaneció sin apartar la vista de su madre.
Pasó la noche. ¡Qué largas les parecieron las horas, qué medroso el silencio, qué alarmante cualquier rumor, y cómo les desazonaba el ruido metálico y acompasado del reloj, que en cada oscilación del péndulo parecía llevarse un instante de aquella vida que era para ellos el mayor tesoro del mundo!
Por un balcón de la estancia inmediata, dejado entreabierto para renovar la atmósfera, comenzó a soplar el aire saturado de aromas campestres, oyose el canto vigoroso de los gallos, y primero en vago resplandor, luego en torrentes de claridad, entró la luz del día, saludado con maravillosos gorjeos por los millares de pájaros que rebullían entre el ramaje de las huertas. Cuanto venía de fuera significaba llamamiento a la renovación y la vida; mientras allí dentro la inacción y el silencio parecían ir allanando su camino a la muerte.