Marcelo seguía rezando.
Luciano había puesto sobre la mesa donde estaba el frasco, una copa con un cortadillo de agua, a la cual era preciso unir el medicamento: todo lo tenía preparado, y sin atreverse a intentar la horrible prueba, iba y venía de un cuarto a otro, mirando alternativamente al frasco y a la copa.
Al cabo de muchas horas de aplanamiento y laxitud, doña Inés pareció reanimarse, abrió los ojos y cambiando de postura murmuró algunas frases incoherentes. Entonces Luciano alargó la mano hacia la mesa, cogió el frasco, lo destapó... y enseguida, de pronto, bruscamente, como acobardado, volvió a dejarlo de golpe donde estaba.
Al ruido alzó Marcelo la cabeza, y viendo retratada en el rostro de su hermano la perplejidad y angustia que sentía, fue hacia él, preguntándole por lo bajo:
—¿Qué es eso?
—Mira—repuso señalando a su madre—se ha movido, ha hablado, está más fuerte... tal vez pudiera resistirlo. Este es el instante oportuno... ¡y no me atrevo! ¡Si estuviéramos en la clínica! ¡Si no fuera ella!
—¿Tú crees que se salvaría con... eso?
—En casos análogos... unas veces el medicamento ha respondido... otras ha fallado.
De repente, doña Inés, incorporándose sola en el lecho y con voz apenas perceptible, murmuró:
—¡Agua!