Ellos se contemplaron de hito en hito; silenciosamente, leyéndose en los ojos la incertidumbre que les consumía, mientras la anciana repitió sordamente:

—¡Agua!... ¡Agua!

Aquella voz que temían no volver a escuchar nunca les removió el fondo del alma, agitando y trastornando de tal modo sus ideas, que cada uno, sin darse cuenta de ello, buscó la salvación de lo que amaba, no en los medios que le eran peculiares y propios, sino en aquello mismo que por serle ajeno, desconocido y contrario, adquirió a sus ojos las proporciones de lo maravilloso.

En aquel momento supremo vaciló la fe del creyente y se quebrantó la incredulidad del esceptico: el místico se sintió mordido por la duda y el desengañado se dejó seducir por la esperanza. Todo lo trastornó el brutal zarpazo del dolor.

Luciano, el médico, cayó de rodillas ante el crucifijo adorando a Dios en espíritu y en verdad. Marcelo, el sacerdote, se aproximó a la mesa, tomó el frasco, vertió unas cuantas gotas de su contenido en el agua, y sosteniendo con una mano a la enferma le hizo con otra beber el líquido misterioso. Mientras el médico pedía misericordia al cielo, el sacerdote se echaba en brazos de la ciencia.

¿Llegó al cielo la plegaria? ¿Obró la substancia química sobre el organismo?

De allí a poco doña Inés comenzó a mejorar, recobró la salud y fue de nuevo durante algunos años alivio de pobres y consuelo de tristes.

Los dos hermanos procuraron desde entonces no hallarse frente a frente. Cada uno de ellos era poseedor del secreto del otro y ambos se sentían avergonzados por aquel pasajero desfallecimiento que a nadie confesaron.

Quedoles el convencimiento de que en el mundo había algo que les era común y propio por igual, algo que todo lo perturba y equipara: el Dolor, deidad suprema que puede sembrar la duda en el espíritu del creyente y hacer que brote la esperanza en el pensamiento del incrédulo; pero alejado el peligro renació en su corazón la intransigencia, y ni Luciano atribuyó poder a su oración, ni Marcelo creyó en la eficacia del remedio.

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