Poco a poco fue dibujándose en su rostro un gesto de inexpresable amargura, luego dobló la cabeza sobre el pecho, y enseguida, enderezando a Dios el pensamiento, dijo mentalmente de este modo, no con palabras aprendidas de memoria, sino con aquellas espontáneas y sinceras razones que, inspiradas en verdadera piedad, no pueden menos de llegar a dónde van dirigidas:

«¡Un día más... y un día menos! No he hecho mal a nadie, y he procurado algún bien. Permíteme, Señor, que pueda decir lo mismo mañana. No faltándome tu favor, estoy seguro de mi voluntad... Me has hecho rico, es decir, depositario de lo que destinas a los pobres, y al remediar los males del prójimo imagino cumplir tus mandatos. No me desprendo de nada mío, sino que doy a cada cual lo que quieres que sea suyo; si más me dieres, más distribuiría; y si de todo me privases, mi único dolor sería ver desdichas sin poder remediarlas... Por Tí he comprendido que la verdadera sabiduría estriba en combatir odios y sofocar rencores: procuro ser justo; pero no me has hecho feliz. Tú sabes lo que falta a mi dicha. Te pido un hijo. Quiero tenerlo para que aprenda a ensalzarte como Te gusta ser ensalzado, que es sometiendo la maldad a la justicia, acercando la compasión al dolor; y quiero también ser padre, porque no es bueno que se seque el árbol sin dejar retoño. Mi esposa me ama tanto como yo a ella, pero nuestro lecho es estéril. ¡Señor! Dame un hijo para que te ame con dos vidas y te sirva con dos voluntades.»

De pronto sonó a lo lejos una voz femenina que llamaba cariñosamente; el caballero apagó la luz, y a oscuras, andando a tientas, que es como el hombre camina hacia la felicidad, salió en busca de su mujer.

II

Varía la decoración y son otras las personas.

En un miserable sotabanco habita un matrimonio pobre. El marido fue empleado y quedó cesante sin auxilio, amparo ni valimiento; la mujer, que era menestrala, enfermó durante el primer embarazo y fue despedida del taller: rápidamente pasaron de la escasez a la pobreza y de la pobreza a la miseria; pero como eran jóvenes y se querían mucho, nada contuvo su pasión. En seis años de matrimonio tuvieron otros tantos hijos.

La noche era horrible: los vidrios rajados o mal juntos dejaban paso al frío por roturas y resquicios: no había rescoldo en el fogón, ni cisco en el brasero, ni provisiones en la alacena, ni casi ropas en las camas, porque el carbonero ya no fiaba, ni el tendero se compadecía, ni el prestamista devolvía las mantas sin que le pagasen lo estipulado; y los pequeñuelos lloraban y los mayorcitos pedían pan, mientras los padres se miraban silenciosa y desesperadamente, ya pronto el hombre a toda maldad y dispuesta la mujer a todo sacrificio.

Más tarde, cuando el marido se fue a acostar, renegando de Dios y maldiciendo de los hombres, ella dio un beso a cada niño, y enseguida, postrándose de rodillas ante una grosera estampa de Cristo pegada en la pared, comenzó a orar entre dientes.

Rezó primero el Padre Nuestro, luego el Credo después muchas Salves y Ave Marías, cuanto aprendió de niña sin saber lo que significaba, y por último, buscando en las reconditeces de su alma acentos propios, inspirados en la magnitud de su desventura; dijo alzando los ojos y clavándolos en la estampa: «¡Señor! ¡Piedad, misericordia! ¡Que no se mueran estos niños! ¡Pan, nada más que pan!»—Y dejando caer la cabeza sobre el asiento de una silla que tenía delante, permaneció en oración largo rato, hasta que el marido la llamó desde el jergón que les servía de cama, diciendo:

—Ven, hija, ven y trae cualquier cosa para arroparnos, que aquí no se puede parar de frío.