III
En los altos cielos, espacios eternamente misteriosos y negados por siempre al pensamiento humano, allí donde solo llegan los desvaríos de la imaginación y los arrobos de la fe, resonaban dos voces de acento sobrenatural y prodigioso. La una era majestuosa, imponente y dulce sobre toda ponderación; la otra era voz humana, dignificada y ennoblecida por la santidad.
—¡Pedro!—dijo la primera.
—Señor—repuso con humildad la segunda.
—¿Hay algo?
—Lo de siempre. Peticiones de la ambición, exigencias de la codicia, vanidades del amor propio, arrogancias de la soberbia, desafueros de la maldad, sollozos de dolor y bostezos de hambre.
—A esos hay que atender primero.
—Señor, es que son muchos los que piden y pocos los que agradecen.
—No importa. Coge a manos llenas los bienes y déjalos caer sobre los limpios de corazón.
Pasado algún tiempo, el matrimonio rico heredó una considerable fortuna que acreció la suya. Fue aquello como golpe de agua que, dejando acaso estéril la llanura, engrosa el caudal de otra corriente: y en el hogar del matrimonio pobre nació el séptimo hijo.