—¿Qué valdrá eso?

—Seis u siete ríales.

—Pues al café.

Recogieron el fruto de su trabajo, dividiéronse en los sacos el peso, y atravesando barrios enteros, después de matar el gusano en una taberna, fueron a salir por rondas y afueras más allá del Cristo de las Injurias.

El término de su viaje fue una esplanada de estercoleros, rodeada de desmontes, donde se alzaban varias barracas hechas de tablas, puertas de restos de derribos, mostradores viejos, esteras, persianas, grandes trozos de hule, muestras de tiendas y toldos de carro, todo ello recubierto, guarnecido y como blindado con latas de petróleo deshechas y claveteadas, que la lluvia y el óxido habían jaspeado de manchas rojizas, semejantes a una erupción de sangre seca.

Entre las barracas corría un arroyo de aguas sucias que se desbordaban al chocar con un perro muerto e hinchado, y en distintos sitios se veían grandes montones de trapo, ferretería de desecho, rejas desbaratadas, llantas de carros, pilas de ventanas sin vidrios y huesos de animales.

La más asquerosa de aquellas viviendas era la del Guarro y la Mona.

Para entrar tuvieron que agacharse. En lo interior había muchas estampitas de cajas de fósforos pegadas con pan mascado a un biombo que hacía de pared, un hornillo de barro puesto sobre una banqueta de piano que conservaba restos de damasco amarillo, y un cofre sin tapa lleno de suelas de calzado que despedía un hedor insufrible.

Había también un descomunal montón de recortes de paño, alfombras viejas, orillos de lana y pieles de conejos. Aquella era la cama de matrimonio y en ella se tumbó el Guarro, echando las piernas a lo alto como quien se regodea con el descanso bien ganado.

La Mona se le quedó mirando embelesada, llenos los ojos de pasión como una bestia enamorada.