Y con la cara muy alegre repuso:

—Porque me da mucho gusto cuando te pegan.

Desde aquel instante no pensé más que en marcharme de la casa.

Al referir esto, Elvira tenía los ojos nublados por lágrimas de ira. Yo no me atreví a interrumpir su relato, y ella siguió:

—Si, chico, de aquella noche datan todas las barbaridades que he hecho en mi vida... y las que me quedan. Hice un lío con la poca ropa que tenía; saqué hasta treinta reales, que eran todos mis ahorros, del escondrijo donde los ocultaba, antes del amanecer tomé a campo traviesa el camino de Madrid, y aquí entré por la carretera de Extremadura y la calle de Segovia. Han pasado siete años, y me acuerdo como si hubiese sido esta mañana.

—¿Y dónde fuiste?

—A casa de mi tío Manuel. Es decir, no era tío ni casi pariente. Era sobrino segundo de mi padrastro, y yo le miraba con cierta simpatía porque las pocas veces que fue al pueblo me demostró cierta inclinación. Un día evitó que me diesen una paliza; otro día, comiendo, porque mi padrastro no me quería dar carne, él me dio la que le habían servido; y, además, otra vez que estuvo allí pocas horas, sin que lo supieran en mi casa, fue a la fuente y me regaló dos pañuelos de colores y un alfiletero de alambre plateado.

—Vamos, que le gustabas.

—Ahora lo verás.

—Vivía en la calle de los Mancebos, en un caserón antiguo, y sólo con una criada vieja: allá me fui, le conté lo que había pasado y le rogué que me ayudase a buscar casa donde servir, a lo cual repuso que haría lo que pudiese, y que pues no tenía yo dineros para ir a la posada, me quedara allí unos días hasta encontrar colocación.