—¿De qué edad era ese hombre? ¿Cuántos años tenías tú entonces?

—Manuel, cuarenta; y yo, antes te lo he dicho, dieciocho cumplidos.

—Pues no me digas más.

—No te has equivocado. A los dos días de estar allí, comprendí que me había metido en la boca del lobo. Pero ¿quieres decirme qué defensa tenía? ¿Qué hacer ni dónde ir? Yo, como chica de pueblo... y las de todas partes, sabía cuanto hay que saber: desde los primeros momentos conocí el peligro: lo que no veía era el modo de evitarlo.

—¿Y qué pasó?

—Figúrate. Ya sabes que soy aficionada a leer, que devoro novelas, que he leído hasta Don Quijote de la Mancha: mira, allí hay una a quien le sucediolo que a mí. ¿Te acuerdas cuando, hablando de sus amores con don Fernando, dice Dorotea, poco más o menos: «con volverse a salir del aposento mi doncella, yo dejé de serlo y él acabó de ser traidor y fementido?» ¿Te acuerdas de ésto? Pues igualito: Manolo con un pretexto, alejó de casa a la vieja...

—Sí; el fue traidor y fementido, y tú dejaste de ser lo otro.

—Claro está que aquello fue una picardía, pero luego se encariñó mucho conmigo. Yo entonces no era tan perra como ahora. Tengo la seguridad de que si aquel hombre no se muere, se casa conmigo.

—¿Se murió?

—A los dos años.