Elvira suspendió un instante su relato, hizo un esfuerzo para no llorar, como avergonzada de mostrar ternura, y continuó:

—Suprimo detalles: morir Manuel y echarme sus hermanos de la casa, todo fue uno. Entonces comenzó esta vida arrastrada que llevo, y eso que soy de las que tienen más suerte.

Ponerme a oficio, y presentárseme la ocasión de dejarlo, fue obra de seis meses. Por supuesto, que para encontrar trabajo pasé las de Caín; y en cuanto quise echarme a rodar, sobró gente que me empujara. De ésto ya estás enterado, y además conoces a casi todos los que han tenido algo que ver conmigo.

Lo que no sabes tú, ni nadie, es que a los tres o cuatro años de perderme, cuando ya tenía casa puesta, muebles míos, trajes lujosos, alhajas buenas, coche algunos meses y dos criadas que me sirvieran, (todavía lo que más me sorprende es verme servida), precisamente entonces, teniendo todo ésto, con lo cual no soñé jamás, chico, aunque te parezca mentira...

—Acaba, mujer.

—Pues me entró una tristeza espantosa. ¿Y qué dirás que se me metió en la cabeza?

—¿Casarte?

—No, hombre: para eso tengo aún poco dinero. Se me metió en la cabeza la idea de volver al pueblo.

—¿Arrepentida?

—Mira, no lo sé: unas veces creía que no; otras me parecía que sí. En realidad lo que yo experimentaba es dificilísimo de explicar. Era una melancolía sin nombre, un deseo impregnado de tristeza...