—Sería que se te pegase el sentimentalismo cursi de alguna novela... Si ahora mismo estás hadando como una dama de folletín.

—No te burles de aquéllo: puede que sea el mejor impulso que he sentido en mi vida; y déjame acabar. Como si se me hubiese olvidado todo lo que había sufrido hasta los dieciocho años, como si en mi casa me hubieran mimado, prescindiendo de tanto recuerdo amargo y de algunas cicatrices que tengo repartidas por el cuerpo, quise volver al pueblo, ver los lugares donde había crecido, los rincones donde me escondía para llorar, la cueva donde me encerraban, el camaranchón que llamaban mi cuarto, la cuadra, las mulas, la fuente, todo aquello, en una palabra, que debía serme odioso: en fin, comprendo que era una chifladura ridícula, pero hasta quise ver a mi madre, y a mi padrastro, y a la bribona de la niña. ¿Qué pasó por mí? como dicen en las comedias, no lo sé: pero cuando pensaba en ello decía mentalmente mi familia. El mal genio de madre me parecía disculpable por los trabajos y penalidades que ocasiona una casa de labor, la brutalidad de mi padrastro se hizo menos aborrecible a mis ojos recordando que no era mi verdadero padre, y en cuanto a las crueldades de mi hermanastra... como si no hubiesen existido. Es decir, las recordaba, pero sin guardarle rencor. Repito que nunca me he dado cuenta exacta de aquella situación de espíritu: fue algo parecido a esa tristeza que les da a los gallegos cuando pasan mucho tiempo fuera de su tierra; pero mezclada, aunque yo no deba decirlo, con cierta bondad de alma que me impulsaba a disculpar y perdonar todo el mal recibido. En fin, que me planté en el pueblo.

—¿Pero no sabían allí cómo vives y de qué vives? ¿No pensaste que podían avergonzarte y...?

—Claro que lo sabían todo: ¡si rara vez viene alguno del pueblo que no se presente en mi casa a pedirme algo! Donde me ves, he hecho a mi lugar más favores que un diputado; casi me dan ganas de llamarle mi distrito. En cuanto a que me recibiesen mal, no había miedo. Yendo a mendigar, tal vez; con las manos llenas de paquetes, chucherías y regalos... ¡quiá!

—¿Y tuvieron la poca?...

—Fui sencillamente vestida, con un traje de lanilla gris sin adornos; pero como soy tan aturdida, se me olvidó quitarme de las orejas estos solitarios; llevé un saquillo de mano con guarniciones de plata, paraguas con puño de oro; en fin, no había más que verme para comprender que no les iba a pedir nada. En la estación del ferrocarril no me conoció nadie: al atravesar la plaza, oí tres o cuatro voces que dijeron con asombro: «¡Nicolasa! ¡Nicolasa!» y luego observé que a larga distancia me fueron siguiendo dos muchachas de mi tiempo, una con un chico en brazos... y, mira, aquélla me dio envidia.

—Si te daría.

—Llegué a mi casa. Imagina la sorpresa. Pasado el primer instante de estupor, mi madre me cubrió de besos, mi padrastro lloró de ternura, Inesilla me cogió el saco de mano y comenzó a darle vueltas.

—¡Ave María Purísima!

—La chica era guapa, una real moza, fresca, garbosa, con cada ojazo, y ¡un pelo más hermoso! Lo que se llama una gran mujer. La fisonomía dura, el gesto serio, la sonrisa desdeñosa; pero en conjunto un prodigio de lozanía y de... en fin, lo que es una flor antes de que nadie la manosee.