—¡Qué falta de religión... y qué vergüenza! ¡Trabajar en domingo!

El obrero, disgustado por la reprimenda, pero cohibido por el agasajo, repuso humildemente:

—¿Y qué le vamos a hacer, señor cura? Trabajamos cobrando al entregar las piezas terminadas, ganando tiempo... el jornal es corto, el pan caro... y cuando menos se piensa nace un chico. Aquel grandullón rubio—añadió acercándose a la ventana y extendiendo la mano—tiene cinco; el de al lado, tres; el cojo de enfrente mantiene a sus padres... y así todos. Créame Vd., señor cura, en tripa vacía y hogar sin lumbre no hay fiestas de guardar.

Quedose perplejo don Cándido, y haciendo al fin un esfuerzo por parecer enojado, contestó:

—A pesar de eso. ¡En domingo no se trabaja! ¿Y cuántos sois?

—Doce.

—¿Cuánto gana cada uno? En junto: ¿cuánto importan los jornales de hoy?

El cantero sacó la cuenta por los dedos, y repuso:

—Ciento quince reales.

Don Cándido se dirigió a su alcoba, abrió un vargueño, sacó de un cajón un bolsillo de seda verde con anillas de acero, tomó de su contenido aquella suma, y se la entregó al maestro con estas palabras: