—Toma: que rece cada uno un Padre-Nuestro, y marcháos a descansar. ¡No profanéis el día del Señor!

A los cinco minutos el taller estaba desierto.

Al domingo siguiente, cuando don Cándido subió a desayunarse, luego de decir misa, oyó asombrado el rumor que al trabajar producían los picapedreros, y frunciendo el entrecejo, murmuró:—«¿Hoy también?»

La escena que siguió fue igual a la ocurrida ocho días antes. Llamó al maestro, le reprendió más duramente, fue a la alcoba, y dio el dinero para que el taller se despejara. Los trabajadores se marcharon alegres, algunos a sus casas, los más a la taberna; el bolsillo verde quedó vacío, y el cura asomado a la ventana pasó un rato contemplando aquellas piedras; que según las miraba debían de tener para él oculto y misterioso encanto.

Durante la semana siguiente, el trabajo cundió tanto que casi quedó limpio el solar. El nuevo arco de la iglesia estaba a punto de terminarse.

Sin embargo, al tercer domingo aún comenzó más temprano el golpeteo seco y metálico de la herramienta sobre la piedra; pero el ruido era mucho más débil: sin duda trabajaba poca gente.

Corrió don Cándido a la ventana y vio que solo había un hombre ocupado en labrar y afinar una pieza en forma de dovela, con tanta priesa y tal afán, que ni tomaba instante de reposo ni levantaba siquiera la cabeza.

Entonces bajó y acercándose al obrero le preguntó de mal modo:

—¿Has quedado tú para simiente de judíos? ¿Por qué trabajas?

—Señor—respondió el cantero—ayer quedó concluido todo: mañana lunes, de madrugada, se hace la entrega: sólo falta esta dovela por culpa mía, porque... he estado entre semana dos días enfermo. Y hoy tengo que acabarla, antes de la puesta del sol... para cobrar, porque ayer no quisieron pagarme... ni me pagan hasta que acabe.