IV
Cuando los obreros supieron que a Gasparón se le habían pagado dos días y medio, corrió sobre sus tugurios y agitó sus cabezas viento de tempestad. La iniquidad llamó a la ira.
Reuniéronse los delegados de los grupos, hubo Junta una noche en la trastaberna del Francés, y para completo conocimiento del caso, se citó también al pobre manco.
Gasparón contó su desgracia con la mayor naturalidad, mostró el muñón cicatrizado, lleno de costurones, y luego, mientras duró la reunión, no cesó de molestar a los amigos pidiendo que le desliaran cigarrillos, porque aún no estaba acostumbrado a valerse con una sola mano.
Una lámpara sucia, que apenas daba luz, ardía inútilmente, sin alumbrar el cuarto. Casi no se veían cuerpos, ni figuras, ni rostros. Las voces parecían salir de entre sombras como protestas y amenazas anónimas.
—Llevo cincuenta y dos años de taller—dijo el que habló primero—y sé más que vosotros; porque he corrido muchas fábricas; entré a los doce... Siempre he dicho que lo mejor sería obligarles a mantener a los que ya no pueden trabajar. Si no, ya lo veis; callos en las manos y la tripa vacía.
—Yo, con menos años—dijo otro—tengo más experiencia: lo mejor es ponernos de acuerdo, guardar secreto y estropearles el material, la mano de obra, la herramienta, todo lo que se pueda; perder tiempo, fundir mal, tejer peor. En un año no quedaba fábrica con crédito.
—Ni obrero con pan.
—¡Las ocho horas!—exclamaron varios al mismo tiempo.
—Buen consuelo, ser perros ocho horas en vez de nueve.