El escribiente se puso a hacer números en una cuartilla de papel, y sin alzar la vista preguntó:

—¿Había cobrado la semana anterior?

—Sí, señor.

—Pues son... deben de ser...

Entonces el caballero de la camisa limpia soltó el periódico y sin mirar a la joven preguntó:

—¿Qué día fue eso?

—El veinte pasado: miércoles, a las dos—contestó ella tristemente.

—Pues poca duda cabe—repuso el caballero—lunes, uno; martes, dos; miércoles... dos días y medio, que a cuatro cincuenta de jornal... son once pesetas con veinticinco céntimos.—Y se volvió de espaldas.

Sacó el dependiente una esportilla de la caja, contó el dinero, y sin más conversación hizo la entrega. Marchose llorando la muchacha, y aún se oía el ruido de sus pasos cuando el caballero de la camisa limpia dijo severamente:

—No se le olvide a usted apuntar que Gasparón es baja.