—No ¿eh? ¡Un día entero! ¿Qué has tenido que hacer?

—Muchas cosas.

—Pues todo me lo has de contar para que te perdone... hora por hora... minuto por minuto.—Y alardeando de apasionada y ofendida, se levantó con el pelo suelto yendo a ponerse de media anqueta en un brazo de la butaca donde él estaba, diciendo:

—Anda pichón, dime todo lo que has hecho, y si mientes... te ahogo.

—Pues, mira: ayer me levanté a las doce, almorcé, y a las dos me tenías en el Consejo magno de ferrocarriles Hispánicos.

—¿Y qué pito tocas tú allí?

—Teníamos junta los consejeros porque los guarda-agujas piden aumento de sueldo y se han declarado en huelga. Dicen que ganan no sé cuanto, ocho o diez reales, y trabajan dieciséis o veinte horas... y que no duermen. Acordamos negar, pero hubo discusión: hasta las tres y media estuvimos allí.

—¿Y luego?

—Fui a Hacienda a ver al ministro.

—¿Para qué?