—No señor, es decir, Cristeta sí que se llama, pero el apellido es Martínez.

—¡Imposible!

Pos si lo sabe usted, ¿pa qué he hecho yo esta caminata? El señor se llama Martínez, conque sacusté la consecuencia.

—De modo que está casada, ¿desde cuándo?

Ende que le dijeron los latines, si se los han dicho.

—¿No estás segura?

—Segura no, porque no me convidaron; lo que sé es que el señor está en Felipinas ú en la Habana, de cierto no sé... vamos, en América. Escribe toos los correos y manda el conquibus, y la señora no para de hablar del amo, y es buena, aunque tié el genio mu soberbio, y no se visita con nadie.

—¿Hacía cuándo crees tú que se casaron?

—El niño tié veintiséis meses, conque...

—Y él en la Habana, ¿qué hace?