Él.—Tres pesetas...; anda rica, tres pelas.
Ella.—Tres pares de cuernos..., so gandul.
Él.—Te voy a cortar la cara.
Ella.—¿La traes afilá?
Luego él cuchicheaba requiebros; la mujer sonreía lascivamente y, después, sobre el mármol del velador, sonaban cuartos.
Sirvió el mozo lo que le habían pedido; comenzó don Juan haciendo muecas al beber cerveza, quitó la chica un pelo que traía la tostada y, guardándose las sobras del azúcar, habló de este modo:
—Ya he dicho que vivo lejos.
—¿Dónde?
—Es que si paece usted por allí y huele mi señorita que tengo yo la culpa, me planta en la calle.
—¿Tu señora se llama doña Cristeta Moreruela?