—Tienes razón; vámonos a un café, sígueme.

Andando muy de prisa, llegaron a un cafetín cercano a la calle de Atocha, sentáronse y acercóseles el mozo:

—¿Qué va a ser?

—¿Qué quieres tomar?—preguntó don Juan a la muchacha.

—Café con media de abajo.

—Pues yo... chica de cerveza.

—Hasta en botella le gustan a usted.

—Si son como tú, ya lo creo.

—No me peino pa señores. Conque hable usted claro, que estamos lejos y cae agua.

El lugar era ignominioso: un café con tabladillo para cantadores, banquetas más destripadas que caballo de picador, el techo ennegrecido a fuerza de humo, el ambiente apestando a tabaco de colillas, el piso escurridizo y viscoso de saliva; al fondo, un mostrador lleno de vasijas sucias y, en último término, una entre cocina y cueva, especie de laboratorio infernal consagrado al dios Cólico. El local casi desierto. Sólo en un rincón una pareja de chula y chulo, a quienes se oía decir: