«Ella..., ella ha hecho bien en casarse, o en regalarse a quien le haya dado gana. La demostración de lo que vale—se decía él—está en la conducta que observa. En el Retiro ni una sola mirada, y luego ha dejado de ir. Indudablemente no va porque cuando me ve, sufre.»
¡Qué mezcla de risa, gozo y orgullo hubiera experimentado Cristeta si por arte de magia le fuese dado asistir a tales monólogos! Y generalizando el caso, ¡cómo se reirían las mujeres de los hombres si les vieran pensar!
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A todo esto sin llover; es decir, don Juan, imposibilitado de hablar con Julia, la niñera, que ni se acordaría tal vez de la cita.
En cambio, fue a todos los teatros de Madrid, visitando varios cada noche; asistió a estrenos, funciones de beneficencia y turnos distintos; todo en balde. «No la dejará su marido, o no querrá ella separarse del niño. ¡Claro! Una mujer así tiene que ser buena madre. Además, le dará pena ir al teatro... ¡sitio en que me conoció! La verdad es que me he portado muy mal. ¿Cómo buscarla sin comprometerla?... ¿Cuándo lloverá? ¿Se acordará Julia?» Poco faltó para que mandase hacer rogativas.
Por fin llovió, y con tal abundancia que acudir a la cita era ponerse hecho una sopa.
Se calzó fuerte, se puso el impermeable y bajó al Prado, yendo a colocarse ante la fuente de Neptuno, con los pies en un lago, el diluvio en torno y la imaginación barrenada por la impaciencia. Transcurrió media hora: según el reloj treinta miserables minutos; para el pensamiento, treinta siglos de malestar y desesperación. Repentinamente su espíritu se inundó de luz. A distancia de cien metros apareció Julia, paraguas en mano pisando adoquines, saltando charquitos, tan airosa como indecorosamente arremangada. Al llegar a cuatro pasos de él, dijo chulescamente:
—Oiga usted, señorito, ¿me tié usted que contar muchas cosas ú es que vamos a hacer de patos?
—Nos meteremos en un portal.
—¿Y si pasa alguno que me conozga y lo cuenta?