—¿Hasta que nos arreglemos?

—Cabalito.

—Te lo prometo; me ayudas, te pago bien, y por ahora no pongo los pies en vuestro barrio. Otra cosa: ¿son ricos? ¿Cómo tienen puesta la casa? Aunque yo no haya de ir... ¿dónde vive?

—Vaya... pues... la calle no se la digo a usted, vamos, que tengo mucho miedo a que me despidan.

Don Juan fingió resignarse con la negativa, y formó propósito de irse luego siguiendo de lejos a Julia. Ésta continuó:

—El cuarto es manífico, de casa grande, muy hermoso, con vistas a un jardín antiguo. Los muebles buenos; pa la compra dan cuatro ú cinco duros diarios, y la señorita gasta unas ropas blancas muy ricas.

Don Juan permaneció un instante silencioso y luego dijo:

—Bueno, pues lo primero es que me averigües, con seguridad, si están casados, y el punto, el pueblo donde está él, y qué empleo tiene. Además, le entregarás esta carta a la señorita... y esto para ti.

Dicho lo cual, alargando la mano por bajo de la mesa, colocó sobre la falda de Julia cinco monedas de a duro. El mágico efecto que causaron se reflejó en la respuesta:

—¿Y cuándo nos golvemos a ver?—dijo embolsando carta y dinero.