—Corriente. ¿Vendrás mañana por la carta?
—Sí: agur, que se va a levantar el ama.
—Adiós, salerosa. ¿Sabes que me gustas?
—¿También le gustan a usted las sirvientas? Pa mucha gente quiere usted servir a la vez.
La segunda carta fue redactada en estos términos:
«Cristeta: No quiero resignarme a que conserves mal recuerdo de mí. Es necesario que te explique muchas cosas. Concédeme unos cuantos minutos, y no volveré a molestarte nunca. Sé que la única persona a quien puedes temer no está en Madrid. Espero con impaciencia un recado o dos líneas tuyas. Recibe un respetuoso saludo de
J.»
Nuevo intervalo de veinticuatro horas, y nueva entrevista de la niñera con don Juan al pie de la estatua de Felipe III. ¡Triste cosa, ser rey y presenciar alcahueterías!
La mañana, extremadamente fría; lluvia mentidita de calabobos; don Juan ojeroso y falto de sueño; la chica burlona, desenfadada y alegre.
—¿Qué hay?