—Rigular.
—Explícate.
—Dejé la carta encima del tocador, entré poco después y la estaba leyendo mu seria. En seguida la rompió en pedacitos y la tiró a la chimenea, diciendo, como para que yo me hiciese cargo: «Ya se cansará.» Después me se quedó mirando clavá, y dijo: «Muchacha, ¿tú te has empeñao en irte a servir a otro lao?»
Don Juan hizo un gesto de disgusto: Julia prosiguió.
—Pero lo que yo me digo: cuando no me ha despedío ya..., es güena señal. Y ha de saber usted que no me lo esperaba yo; creí que la señorita sería más dura de pelar; pero desengáñese usted..., pa ver picardías no hay más que servir a las amas. Crea usted que nosotras nos vamos con un hortera o un soldao; pero lo que es las señoras, en viendo cabayeros... como si no fueran tales señoras.
—Tienes razón.
—Por supuesto que también los hombres son negaos: no lo tome usted a mala parte; pero ¿se le figura a usted que el marío de mi ama no está dejao de la mano de Dios pa dirse a la Habana ú donde sea, mientras ella está tan reguapa que da gloria, y más fresca que una rosa? Lo que yo digo: si él está en el otro mundo, ella como si estuviera viuda, y las viudas son del diablo.
—¡Ah! Bueno, y ¿qué hay de eso? ¿Cuándo se casaron?
—Verá usted: me ha dicho la cocinera, que es la más antigua, que el señor es bastante mayor, no viejo, ¿eh?; pero la yeva veinte años, lo menos. Se conocieron fuera de Madrid, en un pueblo donde hay mar, ya va pa tres años, y el casarse fue por la posta. Vamos, que les entró muy fuerte... como a usted ahora.
—Sigue.