Los tibios rayos del sol, que ya iban haciendo jirones en la niebla, comenzaron a reverberar en la limpia superficie del agua, sobre la cual caía con rumor unísono y constante el chorrito del surtidor. De cuando en cuando venía una hoja seca revoloteando por el aire, como mariposa de oro, hasta quedar presa entre los pliegues de la falda de Cristeta, quien distraída, casi maquinalmente, la tomaba con las puntas de los dedos, dejándola sobre el haz del agua.
Viendo don Juan que no quería sentarse, permaneció en pie frente a ella sin atreverse a proferir palabra. Cristeta tornó al pasado juego de bajar la cabeza para evitar encuentro de miradas, hasta que pasados unos cuantos segundos, tendió con desconfianza la vista en torno, y dijo:
—Déjame, ingrato, déjame que me vaya... esto es una locura.—Y apartándose de la fuente, anduvo algunos pasos.
—¡No, por Dios!—exclamó él suplicante—. Tenemos mucho que hablar. No puedo seguir así; ¿cómo quieres que me resigne a perderte?
—¡Qué remedio! Juan, piénsalo; ni yo soy mujer capaz de cometer una infamia, ni tú transigirías con ciertas cosas...
—¡Eso jamás!
—Entonces... ¡ya lo ves! Adiós, Juan. ¡Bien sabe Dios que la culpa no es mía!
—No me has querido nunca.
—¡Qué sabes tú lo que es querer! Sí, con toda mi alma... es decir, te quise cuando podía quererte.
—No me hubieras olvidado tan pronto.