—¿Merecías otra cosa? En fin, ni tú debes hablar más, ni yo escucharte. He venido, ¿qué se yo?, por debilidad, por miedo a que tuvieras el atrevimiento de plantarte en mi casa.

—Estaba resuelto.

—Pues si es verdad que me has querido, que aún me quieres, demuéstramelo... dejándome vivir tranquila y no te guardaré rencor, es más, te lo agradeceré con toda mi alma.

—Calla, eso no se le dice a un hombre como yo. ¿Crees que pueden quedar así las cosas?

—No te forjes ilusiones: aquello acabó para siempre. Ya que no supiste quererme, veremos si sabes respetarme. Adiós, adiós, Juan, que se hace tarde y puede venir gente.

Esto dijo con la voz penosamente entrecortada y los ojos nublados de las mal contenidas lágrimas.

Don Juan concibió, sin embargo, alguna esperanza. Indudablemente, aquella mujer había ido decidida a darlo todo por concluido; pero sus miradas, su turbación, el constante aludir a lo pasado, como echándolo de menos, indicaban que le costaba gran pena resignarse.

—Mira, Cristeta—dijo bajando los ojos, al modo de quien hace una confesión vergonzosa—, tienes razón. Mi conducta... tú no sabes lo que es la vida de un hombre... estaba en circunstancias excepcionales... podré haberme portado mal... pero caro lo estoy pagando.

—Y ahora que no tiene remedio—le interrumpió ella con un mohín delicioso—es cuando caes en la cuenta.

—¡Si me quisieses de veras!