—¡No sueñes! Nuestras relaciones fueron antes un juego peligroso en que yo salí perdiendo. Hoy, en cuanto a mí, serían un crimen, y por parte tuya una vileza. Concluiríamos aborreciéndonos.

—Bueno, como quieras, puede que tengas razón; pero yo no me conformo. ¡Qué impresión me causó encontrarte! ¡Cuánto me has hecho soñar! Ahora, ahora es cuando te adoro. ¡Idea, imagina, propón un medio, un recurso! Soy capaz...

—¿De qué? No hables más, que me ofendes.

Don Juan miró rápidamente a todos lados, vio que nadie podía sorprenderles, y alargando los brazos, intentó coger las manos a Cristeta; mas ella, echándose hacia atrás, las esquivó temblorosa, exclamando:

—¡No! ¡No me toques!... Adiós, adiós.

Y al decir esto, se apartó muy despacio.

Entonces, envalentonado él por la soledad y aún mas por la emoción que el semblante de Cristeta revelaba, la alcanzó, cogiéndola por una manga del abrigo, al mismo tiempo que con voz trémula e intención resuelta, decía:

—¡No te irás! Tú no puedes ser de nadie más que mía. ¿Entiendes? ¡Mía o de nadie!

—Te digo que me dejes. ¡No eres caballero!

—Aquí no hay caballero que valga; no hay más que un hombre que te quiere, que tiene derecho...