—¡Calla, o me marcho!

—¡Me oirás! ¿Conque has tenido valor de engañar a un pobre hombre y ahora quieres sentar plaza de virtud arisca? ¡Es tarde!

Aun pareciéndole a Cristeta dura y grosera la frase, se alegró de oírla, porque la energía con que don Juan la dijo denotaba sinceridad. Ningún halago de los que recibiera en otro tiempo fue tan de su gusto como aquel espontáneo arranque de despecho.

—Me abandonaste—replicó—, y lo que se tira por la ventana es de quien primero lo recoge.

—Eso será si yo lo consiento. ¡Buscaré a ese hombre...!

—¡No, por Dios!

—Pues prométeme que...—y no siguió.

—¿Ves? No puedes decirlo. ¿Qué he de prometer?

—Quiero verte..., nada más que verte alguna vez. ¡Mira que estoy dispuesto a todo!

Deseando ella cortar la entrevista, fingió ceder, y dirigiéndose hacia el sitio donde el coche la esperaba, echó a andar diciendo: