—¡Ah! ¿Es por el dinero, don Roñoso?
—No, palabra; es que estos días... ¿te es igual a fin de mes?
Carola no quiso insistir; pero miró a su amante con profundo desprecio, como las grandes cortesanas de Atenas debían de mirar a los esclavos persas. Luego él faltó algunas noches o acortó las visitas, quejándose de pesadez en el estómago. Para ella subían cena del café; pero ya la ingrata no le daba, como antes, con sus propios dientes, alguna patata frita, ni se dejaba arrancar las pasas de los labios. Interesada y rencorosa, tenía clavadas en el pensamiento todas las ballenas del corsé negado. Transcurridos algunos días, dijo al vejestorio:
—Oye, capitalista, lo del corsé lo mismo me da una semana que otra; pero la cama está hecha peazos, y el herrero pide tres duros por componerla.
—¿Tres duros?
—¡Tú sabes cómo está, si parece que dan batallas encima!
—¿Y ha de ser el herrero? Con un cordel o un alambre la dejo yo más firme que el propio suelo.
—U con saliva de mona—repuso ella muy enojada—: ¿no sabes que la has desatornillao toda a puros brincos? ¿Quién tiene la culpa?
—Déjalo, mujer... por ahora; el mes que viene...
—Estoy viendo que te voy a pedir de comer y me vas a decir que aguarde a otro mes. Pues el casero es como el tren, que no espera por nadie, y ha cumplido ayer; conque venga parné o me busco un señor.