Lívido de angustia y coraje, repuso:

—Yo me veré con el administrador. Es forzoso que tengamos paciencia.

—Vamos, tú estás más arrancao que árbol viejo.

Engañado Quintín por la pausada entonación con que Carola le dijo esto, imaginó que el instante era favorable a un desbordamiento de lealtad, al cual ella forzosamente respondería con una explosión de ternura.

—¡Carola, Carola mía!—exclamó hiposo y sollozante—; tengo que decírtelo todo.

—Lo que has de hacer es darme algo.

Entonces, poniendo cara muy compungida, extendió las manos en busca de las de su amada, y dijo:

—¡Vida mía, todo se arreglará! Ahora no puedo nada, nada; el estanco nuevo es una perdición. Yo te traeré... unos días... ¡demasiado sabes!

—Lo que sé es que ni ropa, ni casa, ni pagar un triste catre, que tú mismo has desfondicao... ni .

—Más lo siento yo que tú.